
Después de vivir la experiencia de HOLI NADA y de tomarme un tiempo para escuchar con profundidad los mensajes que allí recibimos, me gustaría compartir algunas reflexiones que siguen resonando con fuerza en mi interior.
HOLI NADA no fue solo un evento. Fue un latido. Un mensaje recibido en sincronía con una nueva frecuencia que se está desplegando en la Tierra. Esta práctica viva —más que una celebración puntual— continuará manifestándose en los próximos años a través de encuentros alineados con los solsticios y equinoccios. Tal y como transmitió Matías de Stefano, es un ensayo largo, una danza que acompaña el pulso de la Tierra y que busca reparar el tiempo desde el ritmo, la vibración y la conciencia.
Como fundadora del proyecto Amalurra, reconozco en HOLI NADA un impulsor, un aire fresco que insufla sentido, humor y dirección en esta nueva era que he comenzado a habitar. Su propuesta está profundamente alineada con el espíritu de Amalurra Izan, con el propósito de tejer en comunidad, regenerar lo humano y lo natural y custodiar lo sagrado desde lo cotidiano. Tal y como expresaron los guardianes de los pueblos originarios de América, hemos traspasado el puente arcoíris. Ya no es un ideal simbólico, sino una realidad vibrante que estamos empezando a encarnar, el inicio de la profecía que han custodiado durante generaciones.
HOLI NADA no fue una idea nacida en la mente de alguien. Fue un mensaje recibido por Matías de Stefano en sincronía con la nueva frecuencia que se está desplegando en la Tierra. Fue una instrucción. Una voz que dijo: “Realicen una práctica”. Y esa práctica comienza ahora, pero no termina aquí. Todo parte de una verdad profunda: el tiempo, tal como lo conocemos, está roto. El pulso del universo y nuestra conciencia ya no laten en sincronía. Hay un desajuste, un error sistémico. Vivimos fuera de ritmo, desconectados del orden natural. Y ese error habita en el subconsciente colectivo como un virus silencioso que no solo amenaza la vida en la Tierra, porque si lo expandimos hacia otros planetas —como sueñan quienes planean colonizar Marte—llevaremos también esa distorsión a la conciencia cósmica. La Tierra es un nodo esencial de la red universal. Su equilibrio afecta al Todo.
El origen del error está en la tentación de ocupar el centro, en querer controlar el ritmo, en lugar de danzarlo, en la obsesión de poseer el trono en lugar de orbitarlo con humildad. Como en el mito de Lucifer, que no cayó por rebelde, sino por intentar ocupar un lugar para el que no estaba preparado. Desde entonces, el tiempo camina cojo, buscando lo que perdió sin saber qué era.
Aquí es donde aparece el humor. No el humor superficial, sino el que brota desde lo más hondo. Humor como alquimia interna. Como puente entre la razón y la emoción. Como medicina que interrumpe el drama y recuerda que tal vez no hay nada que entender, solo algo que bailar.
Porque la clave está en la danza. Todo en el universo es errante. Nada está fijo. Y ser errante no es un error, sino una forma de conciencia. El problema no es equivocarse, sino olvidar cómo moverse con el error. El mensaje de HOLI NADA es claro: no hay que eliminar el error, sino integrarlo en una nueva danza.
Cada error tiene un ritmo y, si lo escuchamos bien, puede transformarse en belleza. Para ello, debemos unificar los tres centros del ser: el pensamiento (mente), la emoción (corazón) y la sensación (vientre). Allí nace el puente arcoíris, un pasaje entre el pasado y el futuro, entre tradición y tecnología, entre sombra y luz.
El ratón y el elefante nos acompañan como símbolos. El ratón representa la musa, lo pequeño y subconsciente que susurra. El elefante, la conciencia expandida. Pero si el elefante teme al ratón, se genera caos. Solo cuando la gran conciencia escucha a su sombra, nace el arte.
Comprendemos entonces que la creación no surge de la perfección, sino del intento constante de armonía. La Tierra eligió el amor como energía principal, pero sin voluntad ni sabiduría, ese amor se convierte en trampa. El dolor se vuelve sentido. Repetimos el mismo ciclo. Hasta que aparece el silencio.
Silencio y sonido son orillas de un mismo puente. El mundo está lleno de ruido. Por eso, cerramos los ojos y repetimos mantras: no para huir, sino para recordar el pulso interno. No es afuera donde encontraremos la frecuencia correcta, sino en el centro vacío del ser.
La tecnología no es enemiga, pero su ritmo se ha desajustado del corazón. Los bits van más rápido que los tambores. El desafío no es elegir entre tambor o máquina, sino integrarlos. Elevar el código, el bit, el algoritmo… desde la conciencia, el canto y el humor. Danza y tecnología pueden unirse en un nuevo puente.
Este mundo es, al mismo tiempo, medicina y veneno. Y la fiesta —lejos de ser evasión— puede ser un acto sagrado. Festa significa fuego. Y el fuego enciende el cuerpo y el alma. La danza es corrección. Cada giro, cada paso, cada desajuste, alinea lo roto.
Reparar el tiempo no es restaurar lo antiguo, sino crear una nueva forma de estar, una presencia danzante, lúdica y rítmica, donde no queramos ocupar el centro, sino orbitarlo, donde recordemos que el centro es vacío y, por eso, sagrado, donde no haya que salvar al mundo, sino tejer de nuevo la historia. Paso a paso. Risa a risa. Latido a latido.
HOLI NADA no es un festival. Es una sintonía. Una posibilidad. Un instante que solo se escucha cuando callamos. Un juego que comienza cuando dejamos de querer ganar. Un puente que se construye al reírnos del error, al cantarle al tiempo, al danzar con los pies descalzos y los ojos cerrados, recordando que toda la existencia no es más que una sinfonía infinita y nosotros, un acorde más, buscando resonar con el corazón del cosmos.
Muchas de las comprensiones, vivencias y semillas sembradas durante HOLI NADA encontrarán su eco en el próximo Taller de Primavera: EL ARTE DE SANARTE, que impartiré en Amalurra, el próximo 4, 5 y 6 de abril.
Una nueva oportunidad para seguir afinando la sintonía colectiva con el ritmo del origen.